París

He conocido muchos países por trabajo. Quizás unas dos o tres veces he viajado por turismo. El chance me ha permitido conocer países de Suramérica, el Caribe, Norteamérica, África y Europa.
Una vez hablaba con un consultor en la oficina y me preguntó si conocía París. Le dije que no y se escandalizó; me dijo que cómo era posible que alguien como yo no conociera esa ciudad. La verdad era que no había tenido oportunidad.
Poco tiempo después fui a hacer un trabajo a Senegal y el vuelo hizo una escala de varias horas en París. Pascale iba conmigo y me llevó en el Roissybus de Charles de Gaulle a la Opéra; desayunamos un café crème con un pain au chocolat, caminamos hasta la plaza de la Concordia y regresamos a tomar el vuelo a Dakar.
En esa ciudad tramité una visa y en la escala de retorno me quedé cuatro días. Tomé un bus turístico para conocer los principales referentes y en los siguientes tres días subí corriendo hasta el último nivel de la Torre, di un colazo en una peniche por el Sena, volví a la plaza de la Concordia y caminé por Saint-Germain, Rivolí y Champs Elysées, entre otras exploraciones de turista primerizo.
A los tres años alquilé un apartamento en el barrio 13, sobre el bulevar de l’Hôpital, a pocas cuadras de la Place d’Italie y no lejos de Luxembourg. Estuve allí mes y medio y luego un amigo me consiguió un apartamento sobre la rue de la Verrerie en el Marais. Esto me permitió conocer sus sitios representativos como el Centre de Danse du Marais con su restaurant L’estudio, el Museo Picasso y la Place de la République y sus alrededores.
De allí en adelante volví a París en 10 ocasiones más, algunas veces haciendo escala y otras por puro turismo. Conseguí apartamentos en el bulevar Malesherbes, en la rue Saint-Séverin, en la rue de la Harpe, otro cerca del parque Montsouris, en la rue de la Tournelle, otro cerca del Moulin Rouge, otro a una cuadra de Montorgueil, otro sobre el bulevar Víctor Hugo y otro en la rue Mouffetard. Me familiaricé con los barrios de sus alrededores y me volví ducho en usar el metro: compraba una Carte Orange con viajes ilimitados incluyendo buses y algunos trenes suburbanos.
Ha sido un lugar común que los parisinos son reservados, si no es que de una vez pesados y hay una razón. París es una ciudad enana. El prefecto Haussman decretó que no podía haber edificaciones de más de cinco pisos porque el agua no llegaba más alto y esto dio lugar al típico paisaje urbano parisino, cinco niveles más la chambre de bonne, el cuarto de la empleada de servicios, que se convierte en un piso más. Al no poder crecer hacia arriba dividieron las viviendas en apartamentos cada vez más pequeños y al vivir hacinados se vieron obligados a crear divisiones sociales virtuales entre ellos. Alguien sale de su apartamento, se topa con el vecino y dice buenos días, nada más. No se ponen a platicar ni se visitan de manera espontánea. Viven encerrados en una burbuja de cortesía que bloquea las confianzas.
Esta burbuja se rompe cuando hay una emergencia: se descompone el metro, cae un gran aguacero o se atrasa mucho el bus. En esas ocasiones todos se hablan, comentan y aprovechan para socializar. Uno también puede romper esa burbuja a propósito y los resultados son siempre positivos: el parisino resulta amable y sociable.
Después de la primera vez, todas las veces que he ido he aprovechado para escribir. Cabal por vivir en esas burbujas nadie se mete con uno y se puede trabajar con toda tranquilidad. Cuando uno quiere o necesita compañía, solo rompe alguna burbuja y puede encontrar interlocutores interesantes y hasta cálidos.
En uno de esos viajes una amiga chilena me recomendó ir a conocer la editorial L’Harmattan. El nombre proviene de un viento alisio de África Occidental, frío, seco y polvoriento, que sopla del sur del Sáhara hacia el golfo de Guinea entre el fin de noviembre y mitad de marzo. La editorial fue fundada para publicar trabajos sobre las relaciones geopolíticas entre el llamado Tercer Mundo, África y los países occidentales; un tercio de sus publicaciones ha sido obras de ficción.
Alentado por estos referentes, les llevé el manuscrito de Amadeo Brañas, historiógrafo hasta con correcciones a mano y por supuesto que jamás me respondieron.
Durante mi último viaje a París, conocí al traductor y literato ítalo-peruano-francés Luis Dapelo y compartí con él ejemplares de las novelas que llevaba publicadas. Mantuvimos comunicación y hace cuatro años L’Harmattan lo contrató como editor para América Latina. Al poco tiempo me escribió y me ofreció publicar una de mis novelas.
Después de echarles una mirada a todas, él y su equipo se decidieron por la última, Donde come uno, comen dos. Mi amigo Pierre Bergonier hizo una primera traducción al francés, Pascale la revisó, otro buen amigo Denis Tamarelle la afinó y yo le eché la última mirada. Saldrá publicada bajo el título Y’en a pour tous, o Para todos hay.
La presentación está programada para este jueves 10 de septiembre en la librería de 16, rue des Écoles, la misma a donde llevé Amadeo hace casi 20 años. Volveré a París por trabajo, pero esta vez será más gratificante, aunque menos rentable, que casi todas las otras.



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