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Ronald Estrada


Llegó a la primera reunión con botas vaqueras y un cincho con hebilla de herradura. Había sido seleccionado como el ingeniero agrónomo guatemalteco para un programa sobre el impacto económico y ambiental del uso de plaguicidas en el cultivo del algodón en Centroamérica. Me dio la impresión de ser alguien pragmático y de armas tomar, más que un técnico científico.


Uno de los objetivos del programa era reducir el número de aplicaciones aéreas de plaguicidas, que era de 25 a 30 por temporada, a través del manejo integrado de plagas. El programa tenía cinco asesores de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos y cinco contrapartes centroamericanas. El agrónomo centroamericano era un nicaragüense, país donde la Universidad de California había desarrollado las bases para ese enfoque agrícola.


Mi trabajo era desarrollar umbrales económicos para el uso de plaguicidas. Otro elemento importante era construir un modelo matemático de la planta algodonera para predecir su comportamiento ante las plagas. Sobre estas bases, además de su experiencia y acuciosidad, Ronald logró reducir el número de aplicaciones a siete por temporada, en lotes demostrativos de La Gomera y Tiquisate; un resultado ejemplar a nivel centroamericano y fuente de beneficios económicos para los algodoneros, así como ambientales para los trabajadores y el entorno.


Al concluir ese programa renuncié del instituto donde trabajaba para dedicarme a escribir y hacer consultorías por mi cuenta. El primer trabajo que nos cayó fue desarrollar plantas agroindustriales en el Oriente. Había que trabajar con los agricultores y contraté a Ronald como nuestro agrónomo.


Sus conocimientos y dinamismo lo hicieron el líder natural de las encuestas. Mi socio de aquellos tiempos me jalaba todas las noches para que nos fuéramos a tomar una cerveza, que se convertía en varias. La noche que fuimos a la feria de Río Hondo nos quedamos hasta la madrugada y no teníamos ni dos horas de habernos dormido cuando Ronald tamboreó la puerta y gritó «¡Levántense, economistas!» Fue un infierno entrevistar tomateros todo el día, de goma y en el desierto de La Fragua.


La experiencia que adquirió en el manejo de plagas le sirvió para lanzar una compañía dedicada a fabricar productos de control biológico. En 1980 registró el primer insecticida biológico de Guatemala y Centro América, el Virus de la Poliedrosis Nuclear (VPN), para el control de lepidópteros. En 1988 arrancó con la producción in vitro de Bacillus thuringiensis para el control de larvas. En 1992 aisló los hongos Metarhizium anisopliae y Beauveria bassiana para el control de barrenadores. En 1998 lanzó la producción de Bacillus subtilis, un probiótico con propiedades fungicidas. Su hijo Rafael sigue dirigiendo lo que se volvió una interesante empresa familiar.


Varios años después del estudio del tomate, el Centro Internacional para el Control Integrado de Plagas me contrató para hacer una evaluación económica del impacto de la mosca del Mediterráneo en Guatemala. Conecté a Ronald para que fuera el agrónomo local y volvimos a trabajar juntos. Al terminar el informe nos invitaron a la sede del Centro en College Park, Maryland, a revisarlo y hacerle correcciones. Ronald pasó dos días revisando línea por línea junto con el director del proyecto Dale Bottrell, mientras yo me desesperaba de la impaciencia.


Cuando terminamos, Dale nos prestó su carro para que fuéramos a dar una vuelta por Washington. Atravesamos la ciudad, comimos algo, se nos hizo tarde y regresamos a toda velocidad, Ronald como copiloto leyéndome los cruces de las calles en un gran mapa: «¡Izquierda! ¡Derecha! ¡Recto!» Llegamos a tiempo, aunque acelerados.


Al poco tiempo contrataron a mi empresa para hacer el Plan de Acción Forestal y luego un estudio del impacto de los plaguicidas en los cultivos agrícolas del Altiplano. Ronald fue parte importante de los dos equipos.


Entre sus emprendimientos, otro fue la siembra de pinabetes en Tecpán, el primero en producirlos en Guatemala; se volvieron un hit durante la temporada navideña. La producción de pinabetes continúa en manos de su hijo, aunque en menor escala a causa de la competencia de los que entraron después.


También puso Agrícola El Sol, una venta de agroquímicos en Tiquisate. Cuando la cerró, la convirtió en un restaurante de churrascos. Los servía en tablas y las cervezas en tarros con un logo de herradura.


Parecería contradictorio que siendo un técnico científico Ronald haya desarrollado tantos negocios dispares. La explicación está en su esposa Ana Mireya, comerciante nata que lo orientaba y a veces lo obligaba a verle el lado comercial a sus actividades. Se complementaban a la perfección y formaron un hogar con dos hijos talentosos.


Ronald fue un mentor y ejemplo para muchos. En mayo de este año, un par de meses antes de su muerte, la Asamblea de Presidentes de Colegios Profesionales le otorgó la Medalla de Oro 2026 «Por sus altos méritos profesionales y haber contribuido a engrandecer el nombre de nuestra patria, así como mejorar la vida de los guatemaltecos». Sin embargo, nunca perdió su sencillez y sentido del humor.


Una vez lo traje a que viera los mosquitos que inundan las riberas de este lado del lago en ciertas épocas. Tomó muestras de adultos, larvas y huevos y se los llevó para analizarlos. A la semana lo llamé para conocer los resultados y su respuesta fue: «Mirá, Guayo. Sólo puedo decirte que son unos moscos hijos de la gran p*ta».


Sé que éste será nada más el primer texto que se escribirá sobre este profesional ejemplar.

 
 
 

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