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De regreso

hace 2 minutos
4 min de lectura

La novela que presenté en París surgió durante un viaje a Montpellier, cuando fui a visitar a mi amigo Pierre Bergonier. Como cosa rara, andábamos sin dinero, pero se nos antojó hacer una pequeña fiesta con amigos. Fuimos al supermercado más barato, Lidl, y compramos un kilo de pasta, un frasco de salsa de tomate y una botella de vino barato. Pierre invitó a varios amigos y amigas, quienes trajeron entradas, ensaladas, pan, postres y más vino. Hicimos una bonita cena.


Me di cuenta de una antigua verdad: cuando uno comparte las cosas se multiplican, como en el caso de los panes y los peces.


Era un buen punto de partida para una novela. Para darle sustancia me hacía falta conocer un lugar donde los habitantes estuvieran acostumbrados a vivir con poco, sobre todo cosas importadas; esto los obligaría a compartir lo que tenían. Con el bloqueo gringo y las carencias derivadas del sistema económico de la Revolución, Cuba me pareció un paradigma perfecto.


Michel Peraza, otro buen amigo, me hizo los contactos y fui a pasar tres semanas allá. Me quedé unos días en la casa de su familia cerca de La Habana, luego alquilé un carro y me fui a Santiago de Cuba dándole jalón a toda la gente que me encontraba, que era mucha. Les hacía preguntas, escuchaba sus historias y a veces los acompañaba en sus entretenciones y actividades sociales. Llegué hasta la playa de Baracoa y al regresar pasé por Holguín. Así desarrollé las bases para la ambientación de la novela y sus principales personajes.


Como de costumbre, escribí una primera versión, preparé un diagrama de las interrelaciones de los personajes y la reescribí en una segunda versión. Bajo el título Donde come uno, comen dos, la mandé al Premio de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano de la Universidad Autónoma del Estado de México, donde se ganó una mención honorífica. Cuando el editor y traductor ítalo franco peruano Luis Dapelo fundó la colección Hispanoamericana de Ensayos y Literatura en la editorial L’Harmattan, me ofreció publicar una de mis novelas y se la mandé junto con En el camino andamos, Amadeo Brañas historiógrafo y La suerte legendaria de don Juan. Donde come uno, comen dos fue la escogida.


El Centre du Livre de Francia le había ofrecido a L’Harmattan financiar varias traducciones, incluyendo la de mi novela, pero se echó para atrás. Nos quedamos unas semanas en el limbo hasta que Pierre ofreció hacer una primera traducción. Sobre esta versión le pedí a otro buen amigo, Denis Tamarelle, quien vivió muchos años en Guatemala como profesor del colegio Jules Verne, que ajustara el lenguaje para darle un toque callejero. La revisión de Denis logró que la traducción de Pierre tuviera el sabor coloquial de la novela en castellano.


Con motivo de la publicación del libro, L’Harmattan organizó una pequeña presentación en su espacio Aux Quatre Vents, en la rue des Écoles. Eso me sirvió de pretexto para regresar a París después de 14 años. Durante esa visita me di cuenta de varias cosas.


En el sentido físico, la ciudad ha cambiado poco; las calles y edificaciones siguen iguales. Se volvió más electrónica, se modernizaron algunas líneas del metro y en general está más limpia, mucho más cara y se nota más diversidad. También las mujeres y las chicas abandonaron la moda hippie y ahora se visten más elegantes, lo cual aumenta la gracia de la ciudad.


Para pagar todos estos vestidos, zapatos, maquillajes y accesorios hace falta plata. Para ganarla hace falta no solo abandonar la moda sino también las actitudes hippies. Toca volverse más materialista y preocuparse más por uno mismo y menos por los otros. Esto se aplica también a los hombres, quienes en todo caso aspiran a complacer a las mujeres. Así, la sociedad en su conjunto se vuelve más materialista, léase de derecha.


Discusiones con amigos me confirmaron que este es el caso. La derecha francesa ha ido ganando espacios y sus líderes hasta se han dado el lujo de escoger, apoyar y financiar a candidatos de centro izquierda para que después les sigan la corriente. En las próximas elecciones es probable que la derecha se quite la máscara y presente a un candidato extremista como Marine Le Pen, con lo cual Francia estaría siguiendo el camino de Alemania.


El rechazo a la inmigración es el magneto que inclina la brújula política hacia la derecha. Este sería un buen tema para otro artículo. Por el momento basta decir que es un fenómeno generalizado y pernicioso para los países occidentales y para el resto del mundo.


Al presente, trabajo en la penúltima revisión de dos novelas. Una de ellas cuenta la historia de una chica ladina y de un chavo indígena q’eqchi’. Su título es Dos corazones.


Johanna, la coprotagonista, es una chica guapa y coqueta, pero de buen corazón. Después de estos días de regreso en París, también me di cuenta de que hace falta cultivar el lado generoso de esta chica en la novela para mostrar que una apariencia bien cuidada puede y debe coexistir con la capacidad para compartir y actuar con alta consideración hacia los demás, sin importar quiénes sean. Dijo Theodor Adorno: «…estoy profundamente convencido de que no hay ningún ser humano, ni siquiera el más miserable, que no tenga un potencial… comparable al genio». Esta verdad trasciende las ciudades hermosas y sus lindas mujeres. PS: la foto es de la calle Oberkampf, donde me estaba quedando.

 
 
 

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